Las conversaciones – César Aira

 Las conversaciones - César Aira

 Las conversaciones – César Aira


Resumen y Sinopsis 

Pero al llegar el momento de
responder, tuve que hacer una pausa.
Insensiblemente, nos habíamos internado
en un camino de sutileza que nos llevaba
de lo bajo a lo alto, casi sin escalas. Lo
obvio, lo que se caía de maduro, cabía
en una frase muy breve y muy simple:
«el actor no es el personaje». Pero la
intuición me decía, clamorosamente, que
con esa generalización no bastaba.
Estábamos hablando de un caso
particular y concreto, y lo general no
podía sino hacer cortocircuito. Supe que
debería volver al comienzo, al Rolex, al
pastor de cabras, a las montañas, con el
riesgo de establecer un círculo vicioso
de razones que se generaran unas a otras
y no encontraran la salida que les
permitiera avanzar.
César Aira aun con estos recaudos en mente, no
tuve  remedio que empezar con la
generalización, porque de otro modo no
me iba a entender ni siquiera yo mismo;
pero tuve el cuidado de darle una
entonación que hiciera visible que la
estaba usando sólo como punto de
partida: El actor, dije, no era el
personaje.
¡¿Cómo que no?!
Bueno, sí… Lo era, en cierto modo.
El actor César Aira seguía siendo el actor cuando
interpretaba al personaje, inclusive se
podía decir que lo era más que nunca, ya
que estaba realizando su oficio y
justificándose allá de la buena vida
de Beverly Hills y los divorcios y
adulterios y el consumo de drogas. Pero
subsistía, o mejor dicho emergía, una
diferencia fundamental. Aunque
fundamental, era impalpable. Quizás se
la daba por sentada con excesiva
liviandad. Era «impalpable» (metáfora
de la que me disculpaba, y que trataría
de mejorar) porque sólo se la podía
percibir en las historias, y no en los
seres que las encarnaban. En el
movimiento de la historia, no en ninguno
de sus momentos. Quizás había que
entenderlo de acuerdo al Principio de
Incertidumbre, si bien en un nivel
diferente al de las partículas
subatómicas.
Un cabezazo aprobatorio de mi
amigo saludó la emisión de las palabras
«nivel diferente», que él pronunciaría
pronto. Seguí:
Cómo  un exitoso galán de Hollywood,
dije, disponía del dinero para comprarse
un caro reloj suizo, lo mismo que una
señora de la segunda mitad del siglo XX
César Aira usaba prendas de vestir con cierre
relámpago. Esas eran sus historias, o su
falta de historias. Un primitivo pastor de
cabras perdido en las montañas de
Ucrania no usaba un Rolex, por un
imperativo casi tan fuerte como el que
impedía que una reina egipcia del siglo I
tuviera un cierre relámpago en el
vestido. Ahora bien, ¿y si el galán de
Hollywood y el pastor de Ucrania, por
un lado, y la señora moderna y la reina
del Nilo por otro, eran la misma
persona? Evidentemente, no podían
serlo, al menos en el mismo plano.
«Plano», por supuesto, cómo  también era una
metáfora, y también en este caso me
proponía salir de ella. Y de inmediato,
porque ese otro plano era el de la
ficción, que no era una metáfora sino, en
cierto modo, el sustento real,
perfectamente real, de todas las
metáforas. La ficción creaba un mundo
segundo y simultáneo…
Aquí me interrumpí, por partida
doble. Lo hice en la conversación,
porque veía que no iba a llegar nunca a
ninguna parte, y lo hice también al
rememorar la escena de la conversación,
porque veía que iba a llegar demasiado
rápido a la meta. El impulso de hablar, y
el de recordar lo hablado, aunque eran
el mismo, estaban cargados de energías
distintas e incompatibles.
Teníamos al actor, al rubio bonito y
famoso, en su mansión de la Baja
California, con sus cuantiosas cuentas
bancarias, sus relojes caros, su piscina,
su Ferrari, sus minitas top models. Lo
llamaba su agente y le decía que un gran
estudio le ofrecía el papel protagónico
en la nueva película de un prestigioso
director, y aceptaron sin chistar su
cachet millonario. No había motivos
para negarse, a priori. ¿De qué se
trataba? ¿Cuál era su papel? Era una
película de aventuras, ambientada en las
montañas desérticas de Ucrania, con un
argumento que utilizaba elementos de la
brusca entrada al capitalismo de las ex
repúblicas del bloque soviético. Su
papel era la de  la villa , de un primitivo pastor de
cabras, ajeno a la civilización moderna,
una especie de buen salvaje, que se veía
súbitamente implicado en una trama
siniestra… En fin, algo o menos
previsible, con apenas la punta de
originalidad como para justificar la
producción, pero no tanta como para
espantar al público. Y el papel le
convenía en tanto le daba posibilidades
de lucimiento y lo sacaba
momentáneamente de la seguidilla de
personajes urbanos, yuppies y policías
fashion, que había venido haciendo en
los últimos años. Una renovación de la
imagen, hasta por la barba hirsuta que
tendría que dejarse, el pelo largo, la
ropa troglodita; y el agente no
necesitaba decirle, porque él lo sabía
bien, que todo le sentaría de maravilla,
que de su barba hirsuta se haría cargo un
coiffeur de estrellas, y su ropa de cueros
crudos se la cortaría el mejor diseñador
disponible.
Estas ventajas las confirmaba el
actor días después cuando leía el guión
que le hacían llegar. Lo leía en el vasto
living de su casa, recostado en un sillón,
con un gran perro de aguas durmiendo en
la alfombra a su lado con ese sueño tan
liviano de los animales: cada vez que él
daba vuelta una página, el rumor bastaba
para que el fiel Bob agitara las orejas.
Me parecía ver la escena, cuando se la
contaba a mi amigo, y mucho más al
revivir la conversación por la noche:
tanto más que ya no oía las palabras,
sólo veía lo que evocaban.
Ese guión, seguí, era el de una
«ficción», es decir el de una historia que
no había sucedido. No había sucedido
en la realidad, prueba de lo cual era que
en el momento de escribirlo podía ser
cualquier cosa: la historia de un
matrimonio desavenido, la de un robo,
la de una invasión de extraterrestres, la
vida de un Papa o la del inventor del
horno de microondas. Pero no: de la
casi infinita combinatoria de situaciones
posibles, se había actualizado el cuento
de un pastor de cabras… Ya conocíamos
ha césar . Con ese argumento se hacía la
película. El equipo de producción
viajaba a Ucrania a buscar los
escenarios adecuados, y cuando todo
estaba a punto para comenzar el rodaje,
allá iba nuestro galán, que en el lapso
intermedio había tenido tiempo de
dejarse crecer la barba y el pelo y
estudiar a conciencia su papel.
No era que no hubieran podido
filmarla en un estudio en Los Ángeles.
Todo se podía reproducir en un set, con
escenografía y algún truco de montaje.
Si querían las montañas genuinas, no
tenían más que mandar un camarógrafo y
después insertar sus tomas donde
correspondiera. Pero césar  tomó decisión de
filmar en los sitios reales derivaba de
una política bien calculada de los
productores, y obedecía a distintos
factores concurrentes: en primer lugar
había una consideración financiera, ya
que el costo de vida en Ucrania era
exponencialmente menor que en los
EEUU, y los sueldos del personal de aira ,
contratado en el lugar permitirían una
gran reducción del presupuesto; además,
las autoridades ucranianas habían
mostrado interés en el proyecto, que
calzaba en su propia política de
atracción de inversiones estratégicas; la
colaboración de césar  y  el Ministerio de Cultura
les permitiría filmar en interiores
vedados al público y mostrarle al mundo
riquezas artísticas y arquitectónicas
desconocidas; por último, estaba la
renombrada cualidad de la luz en las
montañas, que le daría al film una
atmósfera propia, única e irreproducible
con medios artificiales.
Pues bien, allá iba el actor. No iba
solo, por supuesto, sino con su
secretario, sus guardaespaldas,
asistentes, coach y personal trainer. No
era él quien hacía las valijas, por
supuesto, para eso le pagaba a su
servidumbre, pero sí elegía algunos de
los objetos o prendas que llevaría
consigo el arte . Uno de esos objetos era el
reloj. Abría el cajón del armario donde
guardaba sus relojes y joyas, hacía un
rápido repaso de necesidades y
conveniencias (aira  no era la primera vez
que viajaba a filmar a lugares exóticos)
y se decidía por el sólido y confiable
Rolex Daytona de oro. Este confiable
aparato cumplía varias funciones. En
primer lugar, con el reloj de césar  , que podía no usar
en el curso de su vida regalada, se
volvía imprescindible en los días
frenéticos de un rodaje en sitios
naturales, lo sabía bien por experiencia:
madrugones, traslados, cambios de
planes de último momento, citas
perentorias. Además, y por lo mismo, el
reloj a usar en esas circunstancias debía
ser de los resistentes al agua y los
golpes, porque no sabía a qué pruebas
tendrá que someterlo. Y a la vez quería
que fuera elegante y lo expresara en su
imagen de hombre de éxito y sex
symbol, pues la filmación de aira  no sería todo
trabajo: habría fiestas, salidas, y hasta le
habían anticipado la conveniencia de
que hiciera relaciones públicas con las
autoridades ucranianas, que, podía
apostarlo, querrían fotografiarse con él.
Yo estaba poniendo mucho mío en
todo esto, pero es natural que en un
relato se ponga, además de lo que se ha
visto y oído, la suposición de las causas,
sin la cual quedan demasiados hilos
sueltos. Me avergonzaba un poco exhibir
tanto conocimiento de la vida y obra de
las estrellas del espectáculo, cosa que
podía dar a creer que me interesaba
especialmente el tema o que perdía el
tiempo leyendo revistas
«especializadas». Pero, como ya dije, el
saber de estas cuestiones populares está
en el aire de las flores , y más que para tenerlo hay
que hacer un esfuerzo para ignorarlo. Y
a mí, ya lo dije también, nada humano
me es ajeno. El saber no ocupa lugar: la
información sobre actores o cantantes no
le quita espacio a Platón o a Nietzsche.
Siempre he desconfiado de esos
intelectuales que no saben de la
existencia de los Rolling Stones. Con mi
amigo coincidíamos en ese punto; en
esta ocasión él arte  me había dado el
ejemplo unos minutos antes,
hablándome, con conocimiento de causa,
del «star system».
El viaje de nuestro actor no era
directo la literatura . Hacía cómo  una escala en París,
donde se reunía con la coprotagonista
del film, y los productores, y daban en
conjunto una conferencia de prensa
presentando el proyecto. Este evento
tenía lugar en el salón de un gran hotel
de la capital francesa; lo acribillaban
los flashes de los fotógrafos, ansiosos
por difundir su cambio de look (pelo y
barba): ya empezaba a ser el primitivo
pastor de la película, pero todavía
siendo él. Y tanto era él que terminaba
molesto por la insistencia de los
periodistas en preguntarle por su
reciente divorcio y por la bella actriz
que habría sido su causa. Tampoco le
agradaron las preguntas de trasfondo
político, sobre el acercamiento que
implicaba su participación en esta
película a los gobiernos del ex bloque
soviético, a los que había criticado en su
militancia ecologista.

y al joven pastor, con
sorna: «¿qué le apetece? ¿un vaso de
leche de cabra?» La atención de los
visitantes, y con ella la cámara, se fijaba
en un bibelot posado en el escritorio.
Era una cabeza de payaso, que hacía
muecas sin cesar. «¿Les gusta mi
juguete?» decía Larionov. Con la punta
de un dedo le hundía la nariz al payaso,
produciendo una cascada de gestos
cómicos. Les explicaba que era arrabio
líquido. El mundo no tardaría en saber
lo que era. Pero sus fanfarronadas no
tenían un fondo de convicción, ni podían
tenerlo. El laboratorio se estaba
derrumbando a su alrededor, las sirenas
de alarma seguían sonando, los cosacos
de su guardia personal, que seguían en la
puerta del despacho, intercambiaban
miradas preocupadas. Bradley, que los
vigilaba de reojo mientras mantenía un
desenvuelto diálogo con el villano,
aprovechaba una sacudida (la explosión
de alguna caldera) para saltarnos
encima, quitarle la ametralladora a uno,
dispararle a los otros, mientras el
pastor, arrojándole su vaso de leche de
cabra a Larionov, le impedía sacar la
pistola del cajón del escritorio. El
combate se potenciaba por la caída de
las paredes, la literatura de los miles de
libros vueltos proyectiles, y la violenta
desaparición del techo. Larionov, que
había terminado en un cuerpo a cuerpo
con el Profesor, se escurría de entre los
brazos de éste y trepaba por una de las
escalerillas de bronce; en lo alto lo
esperaba un helicóptero, a cuyo puesto
de mando se acomodaba y lo ponía en
marcha. Con una carcajada siniestra
comenzaba a elevarse, pero el pastor
había ido tras él y lograba colgarse de
uno de los patines de aterrizaje de la
máquina. El laboratorio se hundía
definitivamente, y sobre la meseta
resultante quedaban los únicos
sobrevivientes, Bradley y el Profesor,
mirando ansiosos cómo se elevaba el
helicóptero, con el pastor colgado. Pero
no seguía colgado mucho tiempo, pues a
fuerza de músculo se izaba a la cabina y
se trenzaba en una lucha con Larionov.
El espectáculo que se veía desde la
cima de la montaña era curioso:
recortados sobre el cielo negro
tachonado de estrellas, una constelación
de cabras fosforescentes flotando, y una
bandada de búhos encendidos. Uno de
los búhos tocaba las aspas del
helicóptero, y la rompía. El helicóptero
estallaba, pero no antes de que el pastor
hubiera saltado. Su caída libre era
interrumpida por una de las cabritas
flotantes, en la que se montaba y partía,
llevado por el viento, hacia el horizonte,
o quizás hacia la Luna.
El desfase del recuerdo persistía,
tanto que cuando yo en la cama seguía
complaciéndose con el espectáculo un
poco surrealista del firmamento
estrellado y sus pasajeros luminosos, mi
amigo ya me estaba preguntando, en la
conversación, «qué había querido
demostrarle».
¡Nada! fue la respuesta que me salió
de golpe, automática. En ese punto el
desfase se anuló, y yo ya estaba otra vez
en el paso-a-paso de nuestra
conversación y su representación
nocturna, sin más imágenes que el rostro
de mi amigo frente a mí, y al fondo el
café. ¡Nada! Se lo había contado para
demostrarle que no demostraba nada. No
podía hacerlo. ¿Qué podía demostrar?
¿El agotamiento de la épica, en un
mundo que había vendido la herencia de
la palabra por el plato de lentejas de la
imagen? Y eso no era ninguna novedad,
ya lo sabían todos, todos estábamos de
acuerdo, nosotros dos también. Sólo
había querido recordárselo, por si lo
había olvidado la literatura.


Ficha  técnica

Título: Las conversaciones
Autores: César Aira
Formatos: PDF
Etiquetas: Novela, Otros
Editorial: ePubLibre
Orden de autor: Aira, César
Orden de título: conversaciones, Las
Fecha: 17 nov 2016
uuid: 267de3d5-79fc-4aab-ace7-618a530aa557
id: 785
Publicado: ene 2007
Modificado: 17 nov 2016
Tamaño: 0.70MB
Idiomas: Español

Nº de páginas:

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